domingo, 4 de febrero de 2018

Habla Teresa Juan. Dice que "una carta".

     


      La literatura, la poesía, es el reino de los ojos vidriosos al través de los días. Cuánto recogemos, y, sin embargo, qué poco dejamos como al principio. 
     Somos obstinados en su modificación.

     Y yo, que estoy ya seco como para ojillos al vitriolo, no menos felón. A excepción de hoy. 

     Hoy he recibido una carta, asunto: Paseo de vidrios (Lastura, 2017). 
     Firmaba Teresa J. (rubricando algo más que unas líneas). 



     Martín, 
     A medida que una crece va necesitando menos la música y comienza a producirse el milagro de lo esencial. Hablo de milagro, pero en realidad, todo es condición metamórfica. "No es sólo música lo del escudo". 

     No me centraré aquí en hablarte de lo que me gusta o de lo que no me gusta de tu libro. No utilizaré la palabra 'bonito', sino que practicaré la justicia más justicia que conozco. 

     La primera lectura es siempre periférica: ronda alrededor del poema como ronda todo lo que ronda. Un contorno, o varios contornos, pero sobre todo uno para cada cosa. El verbo rondar no lo escojo inconscientemente, al final eres un andarín ("Veo que he cogido tono y hechuras de verdadero andarín de circunferencias") y la ronda es tan urbana como un pie de asfalto, aunque entraña una contradicción: el Rondeau de Henry Purcell para La venganza del Páramo, el arreglo de Britten, la búsqueda del paisaje. Una se pregunta si tú fuiste parte de aquel movimiento plen air del diecinueve, sin arcadia de plácidas escenas al aire libre, tampoco al aire preso, sin lo pastoral, sin vedutismo, sino más bien un cierto simbolismo de tu forja: "El bosque caníbal de cedros, a cuyas sedas resbalo". 

     A propósito de tu spleen, es inevitable acudir a Baudelaire, pero innecesario reducirte a esa máxima. A propósito de tu flânerie, también a Walter Benjamin. A propósito de tus imágenes, aunque estas contengan rostros, a Caspar David Friedrich. El traductor de Baudelaire siempre me hablaba de Friedrich, al final, todo el tiempo se está produciendo el filamento invisible. Pero eres un mal Friedrich, es decir: un otro Caspar David: posmodernidad atávica, a pesar de la falta de ganas de vanguardia. 

     Tomo, con un cierto desgarro, lo que leo entre tus líneas. Y digo entre. Primero, una toma. Luego, una se centra en comprender. Por último, una toma de verdad: y ahí se despliega tu yo mutable, que era el que había sospechado y es el que trae la duda. Todo poemario siembra una duda. No creo que sea importante acaparar la certeza. Tu perfil en red reza que eres autor. Qué poco preciso es siempre ese término. Yo te percibo circundante, limítrofe, en su condición más inter-ser, es decir: "en adelante precisaré, a quien pregunte, que no voy a ninguna parte ni tengo más ocupación que la de esperar mi triste paseo". Pero sobre todo "Siempre entre perro y lobo". En el norte eso es un lubicán pero tú no eres un híbrido: lo cruzado genera una nueva identidad mezcla de otras dos anteriores, en este caso no es un resultado sino un 'entre', un estado, lo que me dispara hacia la brecha: si eres tú un amasijo de grietas que se reproducen: "transfuguismo", dices; "simultaneísmo", apuntas; "nomadismo". "El apoyo ácrata", sancionas. Atraviesas y entonces se descomprime un campo. 

     Eres cambiapieles a lo largo de tu poemario. A veces se diría que no eres tú el que habla, tú no de Martín, sino de Martín escribe. Y eso me lleva a preguntarme cuántos gramos de farsa hay en lo que pareces ser. La farsa como un juego o como una constante huida. Dices, y copio en lista: fenómeno, fingirse veraneante, fue hacia las imágenes, hechuras, escenario, decorados, tramoya, barniz, roles, ofrendístico, acertijo, dentro del cuadro, ensayo, espectros, humos, matiz... Y así una larga lista de palabras que aluden al juego de lo representativo. Así es, te percibo jugando a la huida pero siempre tras, después del largo tramo, dices: ruina, no quedan ganas de vanguardia, antibióticos, como elegir tuberculosis, nada con destreza, restrictivo, cansada, exhausto, convalecencia, hambrienta, poco templado, ampollas, flaca, guerras frías, dormidas, mordaz, flor terminal, recuso, fármaco, ácido, podredumbre. 

     "Jugando al enrarecimiento, se pone en valor esta mitad oscura. Tan abonada". También una profunda intromisión en el cuerpo: rodilla, cara, pezón, dedos, garganta, dientes, placentas, cuerpo, piel, cuerpos, piernas, boca, vagina, hombro, espalda, carne, descubro un cuerpo, el incendio es sagrado. 

     Tú mismo te concluyes: "visto ocasión en la ciudad, disfrazando de estrellato tardes ligeras", así te describiste, también, cuando hablé contigo por primera vez. Te dices: "Yo, una ferralla: sostén de likes, y, de lejos, muerte anunciada" o "Acreditarme como hiena". ¿Eres tú todo esto? ¿Cuántos Martines eres capaz de desplegar? ¿Con cuántos te has encontrado ya? ¿Quién eres según con quién? ¿Cuántas ellas o ellos mantienes cerca para ese "sostén de likes"? Con seguridad esto es un eterno. Actitud constante de sospecha, después dices algo como: yo sin propuesta ante el llamarte bello, tras haber escrito: "Yo también me froto los ojos me frotaba los ojos incrédulo hasta el color rosa de hoy", "si cuando te palpo no eres tú", "la contraparte no doméstica". Deleuze te dice: la propuesta es un árbol, la hierba es el alma: cede a la entropía: es la única forma de no mentir. No hay, por más que finalices: "Sálvate tú", una mentira, al menos, escrita: amaste, algo así, parece ser: y ahora te recoges y te representas, figurante. Te atreves a escribir que "los destinos se tuercen, se luxan, dislocan, y que no por otra razón existen": al final solo es una verdad: que toda vida es una vida torcida, con permiso del Renacimiento, de los ilustres. 

     Escribí, la primera vez que leí tu libro, en un papel: Cortázar, Oliverio Girondo, Poeta en Nueva York, quizá en Madrid, sobre todo en el mundo, El Cielo sobre Berlín, La eternidad y un día: Alexander. La mirada de Ulises. Es innegable que tu trabajo es un desfile de palabras, pertenecientes a diversos impulsos pero siempre de un mismo pulso herido, bastante rico. Te paseas en las imágenes: sabes hacerlas porque has estado en ellas. 

     Ein jeder Engel ist schrecklich, escribió Rilke al que siempre guardo al lado de Pasolini: "Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar; y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña destruirnos. Todo ángel es terrible". 

     No existe una cura o una salvación: todo el tiempo estamos perdidos en tanto que nunca somos definitivos.

     Llegados aquí te pido disculpas por la inevitable longitud: perdona la falta de lucidez y excesivo ejercicio de referencias a mis límites personales. 

     Me dejo cosas porque la escritura es también lo que uno se deja. 


     




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