viernes, 27 de octubre de 2017

EL INSTANTE DE PELIGRO




     Todavía reverbera en la habitación la experiencia literaria recién sepultada (cerrar un libro es una leve acción). 
     Creo haber disfrutado del paisaje norteamericano que allí se recoge, el préstamo de identidad que una buena historia entraña, la renuncia al yo, convertido en tú/ellas/perspectivas. Esto no sé bien a quién se lo digo. ¿A su autor? ¿A la sustitución de mí mismo que tomó cuerpo en lo que ha durado la lectura?
     Ha sido una lectura rápida, dos días, con sus visitas al baño y el enmascaramiento que me ha acompañado a cuantos sitios he acudido; el traje de El instante de peligro puesto. El traje de Miguel Ángel Hernández, de Martín Torres (cuyo nombre de pila y eufonía, con el apellido, me está queriendo decir algo; sí, Martín Parra, descreído, exento, te está queriendo decir algo).

     Nos encontramos ante una novela en que la percepción del tiempo, su magnitud trágica y absoluta, relega de protagonismo a cualquier otro posible leitmotiv asomado (el sexo, las culpas que perduran, el embargo personal). Es un tiempo que dicta la fórmula (todo dictado es una tiranía), sustraído así de verse en operatividad y ceder grandilocuencia, pues toda la exhibe él. Un tiempo trágico de tutela y espectro amplio, un manadero de respuestas; el tiempo como remate de un túmulo funerario inmenso (dentro, la vida).
     Una lectura amena, sin exceso culturalista (si bien da nociones muy útiles, mirando al ensayo, de la imaginería artística del autor; a alguien puede llevarlo a nuevas búsquedas: Walter Benjamin, Warhol, Mac Low, las neovanguardias), que uno aborda desde el inicio metido en desconciertos. La trama, relacionada con lo menos reconocido o amable del arte (fronteriza, casi desvalida, lo mismo en los motivos que obligan a emprender viaje al protagonista como en el objeto de estudio -unas viejas películas y fotografías de regusto poeriano- o en la idea de sexualidad y las prácticas que se recogen), adquiere tintes de buen misterio, sonidos negros, que mantiene la tensión del que lee. Todo parece apuntar a una resolución activa y sudada del problema que se plantea, santos griales y demás bisagras medianas, pero no es así. La historia no llega a desbordar el realismo nostálgico que se arregla ya en la primera página, y eso es de agradecer. La suspensión vital de Martín, el cual es presentado en fase de deconstrucción, muy alejado del yo narrativo cauterizado, viril, también ayuda.
     
     En definitiva, una obra conceptual (aunque el objeto de concepto sea solo uno, manoseado y aclarado en la reiteración, en las citas y referencias a terceros, en la emoción de vincular autor y protagonista) no exenta de poesías, al menos, ya digo, en cuanto al dominio que plantea el tiempo trágico, aflictivo, y su puesta en común entre los personajes. Una obra que consolida a Miguel Ángel Hernández como una de las voces preclaras del panorama.

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