miércoles, 20 de septiembre de 2017

TRES POEMAS DISNEYFICANTES

      


     Manuel Lacarta es una reverberación que desborda la querencia "sonora" de esta acepción. 
     Es una reverberación, digo, porque en él permanece un claro recreo de vida, resabios y juventud, pese a que la fuente original ha dejado de emitirlos. A golpe de vista lo intuimos en vagos proyectos, remembranzas de Café Gijón y rastreo de lociones femeniles. Decimos, a golpe de vista, que asistimos a un atardecer, crepúsculo, ocaso (¿físico?).
     No hay lugar.

     Recreo de una poesía abierta, accesible y colmada de vida. Casi los primeros interrogantes de un muchacho animado en el mundo y sus contradicciones, a las que se opone él, insisto, sumado a un eco de inestimable interés (¿cómo dejar de evocar el episodio tardofranquista (y reminiscencias) de nuestra literatura? Yo, que me he adjudicado parte de su anecdotario, soy incapaz). 

     Entrerríos de Generación.

     Es así, en apogeo de ésta: su prosa poética (lejos, sin embargo, del descaro ácrata de aquellos Reducto o 34 posiciones para amar a bambi tan celebrados), que nos llega La soledad de Mickey Mouse (Lastura, 2017), transido de petulancias, hipérboles y otros lazos dorados. En él, encontramos introspección de pasos cotidianos, ademanes de cierre (de una vida, de una obra, no lo sé), una prosa desenvuelta y de trazo experto. Encontramos a un Lacarta vívido, elocuente, verídico en su desengaño, no obstante exponga estas claves desde la melancolía optimista del que no alberga rencor.

     Y así:

Ahí estaba Mickey Mouse en blanco y negro
como Charles Lindbergh queriendo volar
en avión en un viaje sin escalas, cruzar el mar
a la otra parte del océano. Mickey Mouse
construyendo un aeroplano en una granja
de animales, soñando ser un héroe, viéndose
el flequillo en un espejo, un espejito de mano
de una sola faz. Sin ser una gaviota, una paloma,
tampoco un águila; sino el primer ratón
del muno en la carlinga de un extraño aparato
con hélice y con dos alas. Nadie creería que iba
entre las vacas y algún pavo, destinado sin duda
a Acción de Gracias; a elevarse dos palmos
sobre el suelo ni que Minnie, la eterna Minnie,
le acompañaba en su loca y fallida aventura.
Ahí estaba Mickey Mouse con larga cola de ratón,
orejas grandes, ojos sin pestañas y pantalones
cortos, a quien en sus orígenes llamaron Mortimer;
tan ocupado, tan atareado, deseoso de ser Lindy,
cruzar en línea recta por el cielo desde la ciudad
de Nueva York a París, la capital de Francia.
Era tal su pasión, tanta su alegría, su goce
tan grande ya en el cielo, que se hizo claro es
acreedor a un beso robado a los labios de Minnie.
Es mentira que Mickey Mouse haya estado solo
alguna vez en su vida de ratón y que su novia, 
Minnie Mouse, le diera aquella ingenua bofetada.

     O así:

Unas medias pueden ser un fetiche, y un lazo
rosa, unas pulseras, el prendedor de nácar
o de goma eva del pelo. Lo que importa es
que alguien te recuerde en la vida por algo
próximo, tararee tu canción, guarde un objeto
que estuvo en contacto íntimo contigo, tu cuerpo.
Cartas de amor que escribiste, una carpeta
con fotos pegadas en las guardas, tu colección
de discos de Elvis Aaron Presley, incluso
un mar de lágrimas en un tisú, un clínex. Sirve
a veces cualquier cosa para decir mucho
más que las miradas de reojo y el rubor
de las mejillas color miel, zanahoria, rojo
amarillento de la carne del melocotón.
Mi padre custodiaba un mechón de pelo blanco
de la abuela Iluminada en una caja de cerillas,
mi amigo Fernando guarda los azucarillos
del café con leche de las cafeterías, los bares;
y conocí a un tipo que tenía todos los zapatos
que calzó su esposa desde que era niña
como de siete años. Las reliquias de los santos
y la colección de cromos de la infancia adquieren
con frecuencia similar significado. Un perfume
nos trae fantasmas, la risa de la mujer rubia
y ojos verdes que se enamoró de mí una tarde
en un pub irlandés mientras que yo tocaba el piano.

     Y también:

Necesito silencio para ver este paisaje,
bostezar, estirar los brazos. Observarme
en el espejo requiere de algún sosiego, 
infinita paz, toda la posible tranquilidad
del mundo. No pido más, sino silencio;
sólo en rededor de mí no escuchar voces
mordiéndome, arañando el espacio
que me circuye. Descorro las cortinas,
piso la lana de una alfombra de nudos,
me acuclillo en el suelo, y contengo
la respiración, voy contando en voz baja:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Por favor,
que durante un minuto nadie diga nada.
Necesito silencio para ver este paisaje.

Silencio al que sumarnos, Manuel, en consumando ritual secreto de tus páginas.







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