martes, 28 de marzo de 2017

EL LLANTO DE LA GUITARRA / FICCIÓN





      Era principios de mayo como no podía haber sido otra fecha. En lugar del trino urbano de los harapientos, recibía sonidos robustos, mecánicos, de las grúas y los empleados en aquella obra, tan hambrienta de espacios, tan reglada. Resultaba coincidente con la idea de pautar mi presente de entonces, desplegarse conforme a unos objetivos, unas maneras y todo eso, desde el balcón de falda enceldada de mi pensión casi céntrica.

            Cosa de hacer asequible el resbalón del último año −para nada un año en blanco−, pues que a mi más recientes vivencias correspondía un orden. Urgente y cabal.

            A las primeras atrevidas colocaba mayo su pie en la puerta, suspendido de media y falda frescas, y asomaba cada rostro un trasunto de orgullo castizo por lo bien paseado que se tenían los jardines, las plazas, las terrazas. Nadie que no tuviera una construcción pegada a la ventana encontraría motivo para la aflicción, por cualquier calle de la ciudad por la que moviera el culo.

            Sin embargo cada día era un día de tenaza, en mi −por entonces− habitación famélica de atenciones, transida de olor femenil y de grave emoción del tiempo. Desde allí, solía decir, <<tengo colmada la sed, limpios los dientes y olvidada mi cara>>, <<esta habitación: lugar certero en el mundo y nómina de tantos amigos, conocidos, paseantes beodos>>, lo cual equivalía a decir que por aquellos tiempos salía muy poco, y que las visitas eran numerosas, y no menos ruidosas/reactivas.

            Es con lo que se encuentra uno de regreso de una derrota. O con lo que me encontraba yo, al menos, luego de haberme escondido de mí mismo durante varios meses (no exentos de fluidez, creación), a causa de aquella mujer, que pasaba por serlo todo, nada, dependiendo del día.

            Pero no otorguemos méritos narrativos a quien no los merece, en este caso. Aquí no se vierte una historia de amor. Aquí empieza el llanto / de la guitarra / se rompen las copas / de la madrugada.

            Las copas vistas en geométrico, dándonos su media redondez como una bolsa de tiempo, un hallazgo petrolífero a explotar de minutos, segundos; la sensación cotidiana de embargo, a la que indignos anocheceres colmaban de frivolidad, por entonces, causando baja de toda razón −que la había−.

            Qué menor razón que la que se tambalea en las cosas más básicas, en las que uno pone su acuerdo de mínimos social y lo va cumpliendo hasta con destreza, pero que era una cosa que a mí se me adeudaba, algo sobre lo que no podía actuar con garantías; conservar un empleo, ahondar en reglamentos.

            Jugando al enrarecimiento, ponía en valor la mitad oscura de la vida. Tan abonada de razones.

1 comentario:

  1. Flkss... me gusta la fluidez de este texto ,el diálogo interno y como se van materializando las imágenes...

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