martes, 7 de febrero de 2017

POÉTICA DE DESPERFECTO, GÓMEZ ESCRIBANO




          De la poética de desperfecto cabe seguir y seguir diciendo. Puede que la preceptiva literaria –en este caso− obligue a neologismos, al disfraz retórico; no hay asunto. No. Para qué la transición a etiquetas cuando está todo dicho. De la mierda nacen las flores, no del diamante, del que no nace nada, y esto ya se postuló con el punk –de forma postrera−, y anteriormente con las vanguardias de primer tercio del siglo XX, con el decadentismo del XIX, con la emoción, en definitiva, del tiempo trágico.

          Esta idea me asalta después de trasponerme en mangui, luto de uñas y litro de Mahou mediante, por culpa de quien pasa por ser desaire de estirados y capilla ardiente de pilaristas: Paco Gómez Escribano. En Paco se da la constancia del que agota su última pirotecnia, consciente, acaso, de que será esto, y esta vez, o será nada. La vida enseñando encías de barrio, a punto de blasfemar su cheli, narrar sus eloiglesismos, en esta ocasión por boca de él.

          Intuyo que de Manguis (Erein, 2016) se ha dicho mucho, haciendo barra, con boca de alterne, y también escrito otro tanto. No es otra la vocación/intención de su autor, al que veo perfectamente alhajado de amigos y propensión canalla. Conque la sorpresa y el interés no me vienen de ahí, sino de la agónica –y gastronómica− lucha de su autor, de Paco por Canillejas, de Paco a propósito de un tierno día de reviento, que aún se demora a mediodía. Los cuerpos son honrados, escribió el genial Max Frisch; Paco, sin ser honrado ni sonriente, es auténtico, y de esta extrañeza de sí mismo, de los ojos en blanco un despertar cualquiera de entredías, le nace, está dicho, la poética de desperfecto. Que Manguis aborde, en tentativas de sincero entretenimiento, una etapa negra del Madrid tardofranquista, es casi una frivolidad, un regate oportuno de memoria, que en la obra se narra con cercanía secreta, normalizada, como si lo que entonces se dirimía no fuese una muerte digna.

          Los chulos, los putis, los apodos –ni un nombre de pila−, los pitillos.

          Inspectores de policía, un atraco, sabor de barrio, y Madrid.






No hay comentarios:

Publicar un comentario