jueves, 23 de febrero de 2017

GLOSAR A ELOY TIZÓN




Conque este día de zumbido operario (¿o castrense, o lo que trona desde el solar de al lado de mi casa es una copa y su tintinear los ladrillos?), y yo en un jardín feliz del que no se sabe bien qué plantas. O es que estas plantas se remeten de espinas hábiles a la emoción, exigentes en su movimiento rítmico de millares de posibilidades (lecturas), y son unas plantas crecidas a lo adventicio, en cualquier rincón del corazón.
Nunca sin un orden.
Siempre me han gustado los párrafos cortos, condensados y cortocircuito. Es una manera de, en este mundo ocupado, tomar de una sentada vitaminas y hierro y minerales, como una pasta alimentaria de la que concluir “oportunidad”, “aplauso rápido”, y por la que los astronautas se baten en pírrica lucha de Cabo Cañaveral y váter (¿y las mujeres que dejan en tierra, alguien se ha preguntado por las mujeres que dejan en tierra?).
Pero algunos se preguntarán que a qué este símil estratosférico, la pasta de astronauta ruso, cuando la pena que paseamos (quotidiana) difícilmente supera límites de Troposfera y cuenta bancaria. ¡D´accord! Acaso tal símil no existe. No en la urgente diáspora de los mil jardines, imposibles, de Tizón (cómo corren). Creo que no se podría haber optado por otro título más acertado, preceptivamente: Velocidad de los jardines (Páginas de Espuma). Una velocidad que a mí más que marearme me retira aire y envejece de pronto, feliz en la intuición serena de lágrima, que ni una botella de Sauternes mejora, ni emula. Sé que no patino, entre sus páginas, en rencores de mil años a la escuela naturalista, en eliminar de una sentada a Zola y su compromiso burgués con la literatura; sé que no patino, roto de greguería, en esta adscripción íntima a la escuela tizoniana (uy, perdón, la etiqueta, qué cojones), porque en el gesto de pasar la hoja, que es una agresión táctil al libro, descubro un movimiento opuesto convergente en mi cara; una bofetada. Sé que hay imágenes complejas, un mundo figurativo, al que Eloy Tizón no da respiro, y sobre el que escarba (o escarbó, en principiando los ´90) con toda crudeza de patillas sonrientes, en busca del prodigio en una bolsa de tiempo.
Tiempo, imágenes, ya digo; escenas por las que dejarse invitar a un naufragio, que es lo que ha conseguido de mi alto catamarán, este hombre.
O sea que es como encontrarse nunca más solo, en el barullo contemporáneo de la escena literaria (Literarquía), que en fatal soplo de llamas despacha sus rencores.

Nos vemos en Villa Borghese.

 

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