martes, 31 de enero de 2017

SOFÍA LOREN Y SUS DRUGOS DOMÉSTICOS



Qué película, enredo, embrollo maquinal, lo que se quiera.

Una jornada particular. Que aparezca Mastroianni a mí no me dice demasiado, claro. A algunas de vosotras (me perdonáis el target heteronormativo) seguramente sí.

Él, empero (Mastroianni, hombre catarata), nos da de nuevo un papel muy tricolor. Adolece, su interpretación, de la sensibilidad desbordante en Lorca. No sin pañuelo en la chaqueta; flor en el ojal.
Hacer de gay (frocio, finocchio) frente a la Loren no supuso adeudo de mucha sonrisa, por parte del actor. Se asume. Más cuando de fondo late la figura hercúlea del Duce (en la película, engalanada toda Roma a expensas de la visita del Führer a la capital del nuevo Imperio, años treinta). O sea que la tabla de calibración no deja de ser desconcertante, aun en límites, cuando menos, poéticos, por cuanto el clima angustioso y solitario (ellos dos solos llevan el peso en la película) de la dimensión hogareña es decididamente lírico. ¿Lírica, en femenino? ¿La Loren (qué mujer)? ¿el trasfondo trágico de una guerra gestándose? No sé ahora. Digo que concentrar la atención de la trama en el quítame estas pajas domésticas, cuando detrás se cocina el mayor caos europeo de la historia, es frívolo. O un acierto.

En la extensión dental de ella encontramos el pastiche interpretativo de un coprotagonista a la contra, para el que no hay podio ni exhibicón, en el filme, pues todo lo aniquila la Loren, con la alcalinidad de su espuma íntima (y mediterránea).

Ella siempre será, claro, de una porcelana auténtica y parmeggiana. Todo lo demás, a su trasluz, drugos a la espera de su ración de forraje.

Ay, Sofía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario