miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL ROJO DE SUS LABIOS, de Manuel Lacarta



          Paseo un ajedrez de calles en el que me tienta siempre la casilla de al lado. Nunca un comercio amable, unos árboles de mi gusto, suficiente espacio para cruzar el semáforo en buen puesto. La idea de bienestar en su medida de satisfacción. Llegar primeros a la otra acera, sin embargo, no es algo que ocupe a Manuel Lacarta y a su última confitura (El rojo de sus labios, Lastura, 2016), pues que van ellos de la mano, a paso cerrado y libre, y en la ordenación a codazos de los transeúntes se sorprenden, contrariados. Han ido olvidando, como de golpe, la práctica urgida de los elementos, su trama en galopadas y centellas, y los terrenos cenagosos en donde confluyen: una carrera hasta los torniquetes del Metro nunca más una buena carrera. Todo lo cual constituye su celebración del calendario y del mapa urbano, sujetos poéticos de la obra del autor, que en el frenesí de los compromisos se extraña a toda celeridad, y al fondo de charcos de tiempo asoma la pajarita, larga y pausadamente, hasta mojarse las costillas.

        
  ¿Se ha dejado de amar a Bambi, son estos pasos de hoy más lentos que los mismos pasos de ayer? Bien podría ser una pregunta de Manuel, su enésima incógnita nada ligera: buscar el remiendo al molde de los días, despistado de tráfico y zambullido en cada delantal, por si la dosis justa de harina y piernas frescas.


           Las mujeres gordas hacen el amor despacio, y

            jadean con voz opaca, como si hablaran con la boca

            llena de serpentinas o papelillos rectangulares de

            confeti.



            Sonríen enredando con descuido los rizos de su

            pelo en el laberinto de ideas de la frente.



            Se beben el mar del mundo a sorbos por las cuencas

            de los ojos.



            Cuando mueven los párpados, sus pestañas les

            abanican el rostro con una languidez de odaliscas

            fascinantes.



            Al bostezar, sus labios dibujan la insinuación de un

            beso que vuela a otros labios envuelto en algodón

            de caramelo.



            Comen de prisa, compulsivamente; pero hacen el

            amor despacio, como si nunca ya en sus vidas fueran a contemplar,

de nuevo, otro eclipse de luna.




          Es esta prosa poética una continuación de aciertos y última predilección por el verso libre de Lacarta, que en su postrera juventud participa de cada acontecimiento, empero, haciendo monerías con los ojos. Veo yo al poeta manejando por intuición lo que del rastreo literario (suyo, subjetivo) ha asumido, metiendo bulto de oficio, además, y dando así en un desbaratamiento del embrollo estético (con lo que él gusta de criticármelo) que deja unas imágenes vertebradas de hogar y pausa, pero en el más doliente y escéptico de los planos. Le veo ya contrario, sí, al épater le bourgeois; reflexivo en la firmeza de la luz que desluce, insistentemente, el escaparate de una papelería vieja, cuyos volúmenes de literatura e historia han perdido el color. Eso sí.



            En los otoños lluviosos se pudren las manzanas de

            los árboles y la savia de los troncos se convierte en

un fluido mineral espeso, casi cristalino.



            El pan que masticamos sabe a moho y a pan rancio.



            La leña verde no termina de secar en la leñera.



            Se vuelven resbaladizos los suelos de mármol y las

            barandillas.



            En los otoños lluviosos el mundo vive bajo la

            capucha de los paraguas.



            La gente acude a buscar setas de temporada a los

            bosques antes de la llegada de los primeros fríos

            invernales.



            Resulta agradable recitar versos al oído, entrar en

            un café después de ir con alguien de la mano, o

            abrazados, bajo los saledizos de las casas esquivando

            el agua.



  Esquivar el agua desde el amparo de un rojo de labios, nunca el mismo ese par de labios, cubriéndonos parcialmente cada vez, sin llegar a la geometría cerrada de la plenitud. Este enfoque y trenzado a las cosas, herido de años y cicatrices femeniles, es con el que sujeta Manuel al lector (nunca en un pulso; no desde su poltrona indulgente), sin por ello negarle el pasaje cómico, la viñeta aguda o melancólica; sea la necesidad de mímica y respuesta lo que busca él en el de enfrente, tan sólo para atestiguar su propio movimiento. 
  La obra mantiene la perspectiva lírica de sus predecesoras (Verano, Alumbrado Público) desde el recurso formal, ya está dicho, de una prosa poética plástica, colorista, y tentada de miniaturizar la vastedad de todo, en pequeñas bolas de decoración.

  Una estupenda noticia para el ratito de los vagones.

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