miércoles, 31 de agosto de 2016

ESTE ATRONADOR SILENCIO DE LOS PÁJAROS





      En el hatillo de Ana Montojo advertimos remiendos a prácticas de desgarrón. La vida misma jugando a cíclope, tras de sus pasos -que son también los nuestros- y una lupa; magnitud de dentellada.

      Son sus poemas cicatrices en tentativa de florecer, se cantan negros tonos con idea, ya, de luz de un amanecer más favorable. Y para ello nos ofrenda su memoria y su cuerpo, agentes, en este caso, de esperanza de cambio.
    
      Aquí unas líneas, separadas del poemario Este atronador silencio de los pájaros (Lastura, 2016):



INVIERNO  

Hace frío, de pronto ha llegado el invierno 

y estoy en cueros vivos. 
Sin un maldito harapo que cubra mi memoria 
ni me abrigue el futuro, solo queda  

este miedo agarrado a la garganta 

y este odio feroz a los espejos 
y este atronador silencio de los pájaros 
y esta cama sembrada de espejismos  

este insomnio plagado de preguntas 

este frío que quema entre las piernas 
esta contradicción del propio cuerpo 
esta verdad forjada en mil mentiras  

este gusto salobre de las lágrimas 

este amargo dulzor de la derrota 
esta nostalgia de lo que no existe 
esta caricatura de mí misma.  

Esta tristeza de vivir la muerte 

y este hastío de morir la vida. 
Este temblor de ausencias y recuerdos 
y esta espalda vacía de tus manos.  

Ha llegado el invierno, así, de pronto 

y me ha encontrado sola, en cueros vivos.
 





EL TORNADO  

El amor acostumbra a andar a ciegas 

sin atender apenas las razones 
que suele aconsejar el buen sentido.  

Ataca casi siempre 

por el flanco más débil; se camufla 
entre sábanas frías, madrugadas 
repletas de derrotas, soledades, 
para irrumpir después como una tromba, 
un viento enloquecido, una descarga 
de vida que descubre de nuevo los sentidos 
y despierta el deseo.  

Es tan hermoso 

que su brillo nos ciega, nos esconde 
el peligro, nos engaña; 
y nos hace creernos invencibles 
para luego matarnos.  

Casi nunca sabemos cómo llegó a nosotros, 

cuándo y por qué nos inundó los días, 
de qué forma caímos en sus redes 
para vivir inmersos en un sueño.  

Sin embargo 

sabemos con certeza cuándo marcha. 
Y sabemos también que no tiene retorno 
como siempre ha ocurrido con la muerte.  




TELARAÑAS  

No quiero atar mi vida a los objetos; 

por más que los disfrute; 
los objetos, las cosas están para servirme, 
no para esclavizarme.  

Distinto es el recuerdo, 

los hechos que pasaron y que hicieron 
la mujer que se viste con mi cuerpo.  

Puesto que nada valgo sin memoria, 

sin todos los dolores que se esconden 
en la malla de surcos que hoy envuelve 
mi edad y mi semblante, 
sin esa telaraña de derrotas 
que ha tejido la vida con fibras de mi piel.  

A eso no renuncio, 

ni a aquel absurdo amor que duró tanto 
sin que tú ni siquiera sospecharas 
que amarte me salvaba de la muerte, 
que eras el clavo ardiendo donde asirme 
cuando todas las puertas se cerraban 
y el cielo se caía. 
Que eras la única luz,  
inalcanzable, es cierto, pero estabas 
y eso era suficiente para seguir viviendo.
 
No me poseen las cosas, 

–voy prescindiendo de ellas poco a poco– 
me poseen las personas, los afectos, 
el amor, el dolor, las emociones, 
los recuerdos felices y los tristes, 
telarañas que teje la memoria.  


2 comentarios:

  1. Muchas gracias por esta reseña, Martín. Un abrazo

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  2. Muchas gracias por esta reseña, Martín. Un abrazo

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