lunes, 4 de enero de 2016

FRÍO, CON EL POETA MANUEL LACARTA

        La obra de Manuel Lacarta es muy extensa. Es uno de los mayores expertos tanto en la figura y obra de Cervantes como en la ciudad de Madrid, en lo relativo a sus literaturas. Su poesía completa, reunida bajo el título Otoño en el jardín de Pancho Villa. 1979-2010 (Vitruvio, 2011) recibió el Premio de la Crítica de Madrid en 2011.

        Yo a Manolo le digo que si hemos roto todos los espejos, o no, toca hacer lo propio con el resto del cartonaje, el que recubre la piel y está a una tira de dejarnos completamente desvestidos. Romperlo, ajarlo, lo que sea. Vaya todo al frente de la liberación, del retirarnos el eccema afectivo, que es cosa de marcar mucho las edades del hombre. Porque entre Manolo y yo, aparte la evidencia en cuanto a expansiones hercúleas, no hay grandes diferencias, y por eso la obra fragmentada que tengo frente a mí me tiene en circuitos de frío, aunque se titule Verano (Lastura, 2015). Lo mismo que a él.
        Verano en una cabeza nevada de diciembres.
        Desconozco el tipo de Navidad a la que se trenza Manolo, pero de seguro que en su conciencia alegre se presenta como festividad de restricciones. Eso de no poder retirarle la pegatina a media docena de Brut Nature, y tal. Pero qué quieres. De todos modos la sístole extra no es cosa de sexagenarios, amog. Mañana ven y te lo cuento. ¡Mañana, día uno de enero! (Espero te reconozcas puesto en valor en esta jornada laboral mía de 31 de diciembre, Manuel).
        Lo cual que, uhm, a las preguntas.

        Verano. El olor encapsulado de un mar fluctuante; ¿te viste empujado a alguna orilla (para escribir esto)?

        El título es puramente epidérmico. Hace referencia a una temperatura emocional. Cierto que en verano –me refiero a la estación del año- se ven las cosas con las ventanas más abiertas a la realidad, lo exterior, la calle, aunque yo abomino del bullicio y no soy nada gregario. Nunca acudo a las piscinas.

        Creo que no conocía a un Manuel Lacarta tan a pecho abierto. ¿Llega un punto en que a uno le da igual descender el podio de la imagen/semblanza lírica (aquí todos somos malditos), o el escritor vive siempre en nostalgias?

        Sí. Verano es un libro a pecho descubierto. Quizá la poesía sea siempre, y simplemente, eso: expresarse a pecho descubierto. No es ni el “tú” ni el “vosotros”; sino el “yo” de un relámpago. ¿Con nostalgia? No lo sé muy bien. ¿Tengo yo verdadera nostalgia?

        ¿Te sigue urgiendo la literatura o ha quedado como acto reflejo de un posicionamiento frente a las cosas?

        Claro que la Literatura es una forma de estar. Ello no niega lo más convencional: escribir es acomodarse cada vez, relacionarse de alguna forma con los demás. Pero la urgencia, sí, es algo casi masturbatorio.

        En Verano hay mucho de doméstico, de la batalla fresca de los días, pero en ocasiones vira hacia un lirismo casi agónico, que nos da la técnica aplicada (automática, apremiante) y el momento vital del autor: ¿por qué tiene prisa Manuel Lacarta?

        Verano es muy doméstico. Yo he pretendido que fuera próximo, directo, sencillo, y, sobre todo, cantable. No percibo nada agónico en él; ese “apremio”, nunca automático, es vitalismo, vitalismo literario. Juventud, pese a los que objetivamente os sabéis jóvenes.

        ¿Qué opinas hoy de tu trabajo divulgativo (biografías/ensayos)? ¿Te ha procurado más satisfacciones que la labor estrictamente creativa, o cualquier género es excusa para hablar de uno mismo?

        En todo lo que uno escribe está uno mismo. Otra cosa es que uno hable, tal cual, de uno mismo. Yo con mi privacidad soy muy pudoroso. Reconozco que el ensayo biográfico, la novela, otros géneros; tienen una aceptación mayor que los libros de poesía. Nada, sin embargo, me da la verdad de una época, como el “yo” adánico, solitario, de un León Felipe, Blas de Otero, Celso Emilio Ferreiro. Poesía social. Sí. Pero nadie acerca al Amor como Garcilaso, Salinas…

        En nuestros frecuentes desmanes céntricos, tantas anécdotas tuyas quedan sin réplica literaria; subimos de grados, y se me olvidan las cosas. Me gustaría haber prescindido de la evaluación de Verano, y haber orientado el coloquio hacia temas generacionales, de cuando los cafés, porque tú eres de los pocos que pueden aún testimoniar de aquel Gran Madrid.

        Vale. Yo creo mucho en la oralidad de la literatura. En ese traer cosas, y gentes, a la conversación. Pero el “Gran Madrid” que tú dices era las más de las veces un pobre Madrid, paleto y provinciano. Las tertulias de café son resabios, ¿quién lo duda?, de los casinos de pueblo. Conocí gente magnífica, pero era siempre una minoría. Entonces, los que menos bulla armaban, claro.

        ¿Qué le pasaba a Gerardo Diego cuando subía al Metro?

        Ja, ja. Con lo delgado y frágil que era, resultaba imposible arrancarlo de la barra en las apreturas y salidas de las estaciones. Tenía una energía engañosa. Era además de los tipos que más sabían de música, pintura, literatura. Como escritor, estuvo en las vanguardias y en lo más clásico.

        De todos los notorios con quienes batiste espumas, ¿de quién guardas un mejor recuerdo?

        No queda elegante decirlo.


        Percibo en Verano a un Lacarta metido en paternalismos (hacia el lector) y autoindulgencias (no se puede concluir distinto de un diario tan íntimo). ¿Es el sentimentalismo una buena crítica?

        Sí. Me han llegado a llamar paternalista ya varias veces; pero yo no me siento, no me veo así. Autoindulgente, ¿quién no? Pero sentimental, blando, ¡tampoco! Cuanto hay de diario en Verano, desde luego, va envuelto en otros continentes y contenidos. ¿Sirve decir que abuso un poco de la ironía, de las dobles lecturas, de la llaneza?

        Dos temas recurrentes hay en tus obras: la mujer (y su dualidad erótico-familiar), y la ciudad. Si hay algo que reconozco en Manuel Lacarta es el madrileñismo, que trenza, con intención revoltosa, a un todo generacional; y el gusto por señalar excepciones. En los pasajes más sentenciosos de Verano veo a RAMÓN.

        Yo he publicado mucho sobre Madrid, ¿a qué negarlo? Sin embargo, me siento sin patria, unigeneracional, de ninguna ciudad plenamente. Cierto: en Verano hay bastante de greguería, boutade, y de RAMÓN. Pero igualmente, de Ernesto Giménez Caballero, Azorín, J.R.J.… Respecto a la mujer. Bien. Pues sí. La Mujer, así en mayúscula, articula mucho de mi mundo literario.

        ¿Y de los autores jóvenes? ¿Qué extrae Lacarta? ¿Acaso un evocar sus tiempos de “comparsa”, en empezando la conquista de aquel estrecho Madrid?

        Yo a los más jóvenes los escucho y los leo. No a todos, por supuesto; sino a unos pocos, pocos… Envidio, en Literatura, la espontaneidad. Respecto a lo otro. Nunca fui “comparsa”, y, bien sabe dios, que sufrí lo mío por ello. ¿Puedo escribir aquí dios con minúscula?

        Todavía te queda cuerda para rato, maestro; ¿yerro?

        ¿Qué va uno a decir a eso? Pues que el Niño Jesús nos preserve de todo mal, ¿no? Amén.

        



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