domingo, 8 de marzo de 2015

POR LA CALLE DEL NUNCIO. ÁNGEL ANTONIO HERRERA

   ―Martín, que mientras tú apuras esa copa, una vida se ha declarado desierta.
   ―Claro, que tú estás bebiendo agua...
   ―Y cómo se nota el sulfito.
   ―Si lo que no se dé en estas terrazas...
   Así empezamos. Luego cruzan las alturas angelotes de neoclasicismo burdo descolgados de la Iglesia de San Pedro el Viejo y nos tocan las campanas alhajados de muchedumbre y sol de primer marzo. Porque cómo está la calle del Nuncio. Son las seis y al ballet de contraluces (favorecedores) se une una larga cola de marujas devotas que han ido a presentarle honras a un muñecón que tienen encerrado en la iglesia, un hierático Jesus el Pobre, que es de cerámica y le presiento hastiado de manoseos.
   Yo he tenido un rato de conjurarme contra el peso muerto del día, de holganza castiza y alzamiento de vidrios, en el Madrid céntrico de terrazas breves y actitud dominante, y luego me he sentado a esperar a AA en el Café del Nuncio, una cosa a dos alturas, con dos entradas espaciadas por un tramo de escaleras, que marcan el descenso del templo hasta otros niveles de estrada y tacón (que ya es mala baba).
   Al café he llegado, digo, levantando puentes entre mejillas femeniles y las primeras faldas de la temporada, después de haber prestado profesional servicio a la señorona belga de olor a abrótano macho (y a la que, una vez más, he llevado al Corteinglés). No sé a qué esta fijación conmigo. Pero tiene su frase favorita la señorona. De mañana me llama al móvil y tiene su frase favorita:
   ―Amog, hay que echarle material a la estufa.
   ―¿Hoy?
   ―¿Algún problema?
   ―Ninguno.
   ―Diez cuagenta y cinco.
   Y Martín recoge a la señora en su piso de Serrano a las diez cuarenta y cinco con la esperanza de no tener que echar material a la estufa hoy con la esperanza de ejercer exclusivamente de acompañante-chauffeur hoy y la lleva al Corteinglés de Sanchinarro a descambiar unas corbatas que no le han gustado a su marido. El joven Martín ha dejado de preguntarse por qué hace estas cosas, para qué, pues sabe que se llega más lejos sin los temblores del reparo, y porque hace tiempo que esa pregunta no entraña dudas: uno es que todavía espera prosperar.
   Lo cual que luego de una mañana desacelerada y agónica entre probadores y perfumerías he puesto fin a mi servilismo, aceptado una propina de la belga, abandonado el coche en zona azul sin tique (La Latina), y me he ido figurando en cada pestaña de vida veterana hasta caer por donde el Nuncio, al frente de mi destino lírico y jodiente.
   El entorno de la iglesia, cuando he llegado, presentaba una concurrencia aún escasa. Me he sentado en una de las mesas y al chico le he molestado en dos ocasiones, cuestión: cerveza. Miro sobre los balcones volanderos la hora del Madrid escondido, la solemnidad de los muros salpicados de esa luz traviesa que te sorprende por las esquinas más insólitas, haciendo regates a arquitecturas represivas y primer atardecer, y la fiebre de las conversaciones por las esquinas, el flujo humano y turista, los bares abiertos al mundo, cabezas de gamba pisadas y plisadas, la sobremesa.
   Entonces ha ocurrido que se agregaba un nuevo hecho a la tarde, se comenzaba una cosa distinta, que incluía yo en mis proyectos de extravío. Allí estaba él.
   ―Ángel Antonio.
   ―Martín.
   AA sube los escalones de tres en tres, o de dos en dos. Le salgo al paso. AA es un soplo cadencioso de americana negra de pana y foulard beige trigo-herido. Melena canalla, de capitán sin barco de la mar océana, empeine y tacón lustrados en piel negra, prurito dandi. De su mano he recogido un saludo enérgico, a más de un sobre marrón con dentro un libro de autoría propia (suya, claro), que he agradecido mucho.
   ―No tenías que molestarte...
   ―Corta la modestia, que enseguida se convierte en mariconada.
   ―Qué alivio.
   Nos ponemos cómodos, nos desflemamos. Le señalo la asistencia cuqui que circuye el Templo. Espeta un “no me jodas” que suena a tertulia televisiva en momento de especial tensión y brillantina. AA se coloca el rizo con mucho juego de codo y mano cambiada, con lo que se constela de indulgencia y seguridad. El deje chulesco no lo cuelga en la cercanía, es un gigante de silueta, grave, pecho al frente, curtido en lides de pluma y max factor. Apenas nos sirven, el primer palmero presenta coincidencias:
   ―Yo a ti te conozco.
   ―Sí, hombre, sí...
   ―¿No eres tú el de las campanadas de Canal Sur?
   ―¿Pues no te digo que sí?
   Y la cosa monocorde y venial que es el vermú de grifo se va convirtiendo poco a poco en rumor alegre, con mucha exclamación de realismo, que para alguien como yo es imponerse serias especulaciones (porque al Moët y a la berenjena de Almagro no llego). Comprendo entonces el alma inconsciente que me ha tocado hollar de lanas, que nunca será como el alma del pastor renegro de calor por los corrales, y celebro en lo más íntimo y marginal de mí la procesión de los momentos.
   Uno es que todavía espera prosperar.
   ―¿Así que de abogados, dices?
   ―Movidas, Martín. Que soy muy de disparar a sangre fría, y para eso hay que andar convencido.
   ―¿No se trata precisamente de eso? ¿De tirarse en plancha aun sin pleno convencimiento?
   ―Si me empiezas a mezclar las cosas...
   ―No sé, mira.
   ―Traigo un mérito de delirio cuya música se sueña parecida a lo que arde. Ahí está todo.
   ―Eso decía...
   ―Pues no hay más explicaciones. Y tú, cuéntame, ¿en qué andas ahora?
   ―Buscando las ondas, esperando a que me encuentren.
   ―Tú eres un traficante de magnolias. Y te van a escarmentar un día.
   ―A Umbral nunca lo escarmentaron...
   ―Umbral sólo comía tomates.
   ―Y mentía.
   ―Para seguir con el juego. Dejar de ser Umbral le aburría soberanamente.
   ―Yo no invento ando escaso de inventiva. 
   ―¡Suenen las gramolas!
   Oyes, pedimos otra...
   ―Pero con menos sulfito.

   La parla amistosa, el frenesí de las devotas alucinadas y cachondas (Jesús el Pobre será pobre pero tremenda plétora mujeril le tienta), el acometernos de ideas. Yo estoy mirando a AA y AA me mira y sonríe y el propio acto viene a rematar su obra de caridad finisemanal, asumo, porque en viernes uno trae ideas noctívagas y al pobretón de flequillo esmerilado no se le puede negar audiencia, claro.
   El sol se va descolgando del cielo, el cielo cuajado de un azul de rictus perjuicioso, el agravio de los relevos astrales, pero yo estoy muy a gusto con las gafas de sol. Voy a encender un cigarro, no hay cigarro, me ha comprado un paquete la señorona esta misma mañana, vaya un ritmo, chico.
   ―AA, que me des un cigarro. Que te los has fumado todos.
   ―Pero si yo no fumo ya, notorio.
   ―Je suis désolé.
   ―Eso te lo dirá la belga...
   Pasa el rato. Me voy revelando en un presentimiento de fin de encuentro, de regreso a mi cosa típica de paradas de tren y depredación coqueta por exposiciones y museos. La exigencia la siento ya, me asciende como mandato desde las plantas de los pies, sacúdase el pantalón, añada un litro de agua al pelo, no eructe, no blasfeme, mire, ahí tiene ya una, le está mirando, ¿me está mirando? Sí, no está mal, no está nada mal, ahí debe tener invertidos unos miles, y ahí también, y vaya con la rinoplastia... ésta tiene acero, si vas a ver, que las intuyes como apelos a fragilidades emocionales, todo es fijar las tangentes del plan, ya no se te escapa una.
   ―Martín, que mientras apuras esa copa, una vida se ha declarado desierta.
   ―¿Y ya te vas?
   ―Mañana tengo radio.
   Y AA es un zorro con esclavina bajando de tres en tres los peldaños, o de dos en dos. Se traspone prodigiosamente en salteador de caminos como si se enfundase traje de baño, es borrasca rápida y oscura, y tiene en el ademán algo de cada uno de los artistas, frikis y putas con los que ha pronunciado. A más de ser hermano de un invierno herido.


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