miércoles, 21 de febrero de 2018

UN CUBO DE AGUA PEOR




Simplemente no estaba dispuesto ya 
a la práctica difícil del arte. Una exigencia recóndita 
de andrajos, como si el esteta -precisamente él- 
no persiguiera el mejor vino. Esto ya no 
podría 
funcionar así ni en el más deliberado 
de los incorruptibles, 
como fuera que el contexto social, urgido, excluyente, 
pedía exhibición -estar en ello, no estar-. 
Sólo cambiaba el escenario, tranquilos; 
el merecimiento, el natural de siempre. Un estribillo 
cuya ejecución se varía, acaso; un trombón 
una mesa de Dj. Pero la vanidad no muda. 

Cosa que es la principal utilidad de la vanidad. Única, invariable,
en personas y épocas. Si no a qué mástil, chico. 
Te iban a faltar hilachas de las que tirar, 
para ver cuál a un cubo de agua peor.

domingo, 4 de febrero de 2018

Habla Teresa Juan. Dice que "una carta".

     


      La literatura, la poesía, es el reino de los ojos vidriosos al través de los días. Cuánto recogemos, y, sin embargo, qué poco dejamos como al principio. 
     Somos obstinados en su modificación.

     Y yo, que estoy ya seco como para ojillos al vitriolo, no menos felón. A excepción de hoy. 

     Hoy he recibido una carta, asunto: Paseo de vidrios (Lastura, 2017). 
     Firmaba Teresa J. (rubricando algo más que unas líneas). 



     Martín, 
     A medida que una crece va necesitando menos la música y comienza a producirse el milagro de lo esencial. Hablo de milagro, pero en realidad, todo es condición metamórfica. "No es sólo música lo del escudo". 

     No me centraré aquí en hablarte de lo que me gusta o de lo que no me gusta de tu libro. No utilizaré la palabra 'bonito', sino que practicaré la justicia más justicia que conozco. 

     La primera lectura es siempre periférica: ronda alrededor del poema como ronda todo lo que ronda. Un contorno, o varios contornos, pero sobre todo uno para cada cosa. El verbo rondar no lo escojo inconscientemente, al final eres un andarín ("Veo que he cogido tono y hechuras de verdadero andarín de circunferencias") y la ronda es tan urbana como un pie de asfalto, aunque entraña una contradicción: el Rondeau de Henry Purcell para La venganza del Páramo, el arreglo de Britten, la búsqueda del paisaje. Una se pregunta si tú fuiste parte de aquel movimiento plen air del diecinueve, sin arcadia de plácidas escenas al aire libre, tampoco al aire preso, sin lo pastoral, sin vedutismo, sino más bien un cierto simbolismo de tu forja: "El bosque caníbal de cedros, a cuyas sedas resbalo". 

     A propósito de tu spleen, es inevitable acudir a Baudelaire, pero innecesario reducirte a esa máxima. A propósito de tu flânerie, también a Walter Benjamin. A propósito de tus imágenes, aunque estas contengan rostros, a Caspar David Friedrich. El traductor de Baudelaire siempre me hablaba de Friedrich, al final, todo el tiempo se está produciendo el filamento invisible. Pero eres un mal Friedrich, es decir: un otro Caspar David: posmodernidad atávica, a pesar de la falta de ganas de vanguardia. 

     Tomo, con un cierto desgarro, lo que leo entre tus líneas. Y digo entre. Primero, una toma. Luego, una se centra en comprender. Por último, una toma de verdad: y ahí se despliega tu yo mutable, que era el que había sospechado y es el que trae la duda. Todo poemario siembra una duda. No creo que sea importante acaparar la certeza. Tu perfil en red reza que eres autor. Qué poco preciso es siempre ese término. Yo te percibo circundante, limítrofe, en su condición más inter-ser, es decir: "en adelante precisaré, a quien pregunte, que no voy a ninguna parte ni tengo más ocupación que la de esperar mi triste paseo". Pero sobre todo "Siempre entre perro y lobo". En el norte eso es un lubicán pero tú no eres un híbrido: lo cruzado genera una nueva identidad mezcla de otras dos anteriores, en este caso no es un resultado sino un 'entre', un estado, lo que me dispara hacia la brecha: si eres tú un amasijo de grietas que se reproducen: "transfuguismo", dices; "simultaneísmo", apuntas; "nomadismo". "El apoyo ácrata", sancionas. Atraviesas y entonces se descomprime un campo. 

     Eres cambiapieles a lo largo de tu poemario. A veces se diría que no eres tú el que habla, tú no de Martín, sino de Martín escribe. Y eso me lleva a preguntarme cuántos gramos de farsa hay en lo que pareces ser. La farsa como un juego o como una constante huida. Dices, y copio en lista: fenómeno, fingirse veraneante, fue hacia las imágenes, hechuras, escenario, decorados, tramoya, barniz, roles, ofrendístico, acertijo, dentro del cuadro, ensayo, espectros, humos, matiz... Y así una larga lista de palabras que aluden al juego de lo representativo. Así es, te percibo jugando a la huida pero siempre tras, después del largo tramo, dices: ruina, no quedan ganas de vanguardia, antibióticos, como elegir tuberculosis, nada con destreza, restrictivo, cansada, exhausto, convalecencia, hambrienta, poco templado, ampollas, flaca, guerras frías, dormidas, mordaz, flor terminal, recuso, fármaco, ácido, podredumbre. 

     "Jugando al enrarecimiento, se pone en valor esta mitad oscura. Tan abonada". También una profunda intromisión en el cuerpo: rodilla, cara, pezón, dedos, garganta, dientes, placentas, cuerpo, piel, cuerpos, piernas, boca, vagina, hombro, espalda, carne, descubro un cuerpo, el incendio es sagrado. 

     Tú mismo te concluyes: "visto ocasión en la ciudad, disfrazando de estrellato tardes ligeras", así te describiste, también, cuando hablé contigo por primera vez. Te dices: "Yo, una ferralla: sostén de likes, y, de lejos, muerte anunciada" o "Acreditarme como hiena". ¿Eres tú todo esto? ¿Cuántos Martines eres capaz de desplegar? ¿Con cuántos te has encontrado ya? ¿Quién eres según con quién? ¿Cuántas ellas o ellos mantienes cerca para ese "sostén de likes"? Con seguridad esto es un eterno. Actitud constante de sospecha, después dices algo como: yo sin propuesta ante el llamarte bello, tras haber escrito: "Yo también me froto los ojos me frotaba los ojos incrédulo hasta el color rosa de hoy", "si cuando te palpo no eres tú", "la contraparte no doméstica". Deleuze te dice: la propuesta es un árbol, la hierba es el alma: cede a la entropía: es la única forma de no mentir. No hay, por más que finalices: "Sálvate tú", una mentira, al menos, escrita: amaste, algo así, parece ser: y ahora te recoges y te representas, figurante. Te atreves a escribir que "los destinos se tuercen, se luxan, dislocan, y que no por otra razón existen": al final solo es una verdad: que toda vida es una vida torcida, con permiso del Renacimiento, de los ilustres. 

     Escribí, la primera vez que leí tu libro, en un papel: Cortázar, Oliverio Girondo, Poeta en Nueva York, quizá en Madrid, sobre todo en el mundo, El Cielo sobre Berlín, La eternidad y un día: Alexander. La mirada de Ulises. Es innegable que tu trabajo es un desfile de palabras, pertenecientes a diversos impulsos pero siempre de un mismo pulso herido, bastante rico. Te paseas en las imágenes: sabes hacerlas porque has estado en ellas. 

     Ein jeder Engel ist schrecklich, escribió Rilke al que siempre guardo al lado de Pasolini: "Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar; y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña destruirnos. Todo ángel es terrible". 

     No existe una cura o una salvación: todo el tiempo estamos perdidos en tanto que nunca somos definitivos.

     Llegados aquí te pido disculpas por la inevitable longitud: perdona la falta de lucidez y excesivo ejercicio de referencias a mis límites personales. 

     Me dejo cosas porque la escritura es también lo que uno se deja. 


     




martes, 30 de enero de 2018

ELÍAS NECESITABA MARCHARSE (DOG CAFÉ / ROSA MONCAYO).


      Nos ocurre de notarnos, a algunos, los ojos muy al fondo, rebañados de vida útil. 

      Y plantar lecturas en el quiebro de las cuencas -fijaos-, 
una victoria al día.




miércoles, 24 de enero de 2018

POEMetraje - LA CHICA NÁUTICA

Link Wray testimonia un hecho insólito.

      Ella corrió como una bella catástrofe.

          La chica náutica.





sábado, 30 de diciembre de 2017

DIEZ LECTURAS DE 2017


1. La suma que nos resta (Gonzalo Gragera)

2. Dog Café (Rosa Moncayo)

3. Velocidad de los jardines (reedición especial este 2017/ Eloy Tizón).

4. Poesía Completa (Robert Frost; traducción de Andrés Catalán).

5. Costus, you are a star (Julio Pérez Manzanares).

6. La soledad de Mickey Mouse (Manuel Lacarta).

7. Mala yerba (Jaim Royo)

8. Párpados (Toni Quero)

9. El santo al cielo (Carlos Ortega Vilas)

10. Umbral, las verdades de un mentiroso ilustre (Eduardo Martínez Rico)



lunes, 30 de octubre de 2017

ATIENDE, ATIÉNDEME, LUNA MIGUEL





     La mañana es perversa con su luz.

     Los vidrios siempre aumentarán distopías.

     O peor. Nos darán conveniencia convexa al despiste de cuchillo.

     Sí. Hablo del vidrio al través del cual he leído este libro, que alguien que conozco manufactura en una empresa de cerca de París; el sólito recordatorio de mañana anómala, de almuerzo ebrio y vuelto a envasar: “Nosotros trabajamos cristales de curvatura compleja. Hemos adosado toda una escalera en uno de los pabellones del Louvre”.



     Los cristales son felices en cualquier tiranía, Luna. Es una secuela natural de su común dominio. Le dan a una crónica una idea de profundidad.

     A una lectura sincera, miopías.

     A nuestro smartphone acomodo y excusa para trabarnos los dedos.

     ¿Qué crónica voy a escribir sin la imagen de fondo de mar que el vidrio protector de esta vida líquida me ha dado de tu libro?

     Porque ya nos hemos enfrascado de todas las maneras posibles. “El tiburón cúbico, ¿sabes de qué hablo?, bebe en su caja acristalada una spremuta de naranja, coral y muerte”.

     Es un cubo en el que cabe también un marinero, Luna. Cabe remeterlo de dolor y cicatrices, “al fondo lo que quieras, con que lo cubras”, porque su transparencia es certeza de juego sucio: mirarlo desde abajo es ya un anticipo de desnudez.



     La desnudez desnuda, que tú dices; que cuaja natas a la aspereza de tus anclas.



     Tu mar aquí no sólo se relaciona con tumbas de marineros. Se trata también de tu epitafio y de sus ojos, de los de todos, de un par de ojos hilados a una blusa hilada a un cuerpo vomitado de cetáceos.

     Cada cual su ballena y su bandera pirata, atiéndeme. ¿Sabes qué es el garum? Ya en la Antigua Roma, tal vez antes los fenicios: qué salsa, fermentada de vísceras de pescado.

     Sumamos garum a una gracia repentina. ¿Qué nos hace reír? Tú dices que la sangre no duele en el cuerpo, ¿por qué sí fuera de él?

     Fuera fermenta de culpas un interior cálido.

     Como aquel sabor salado.

     El garum.

     Sería un éxito si lo vendieran en la sección gastronómica de una cadena sueca de acicalamiento casero. Al “sangre de poeta” de la etiqueta sería muy fácil añadirle excusas de arenque, crueldad de orégano y cúrcuma, promesas de bronce niquelado. No sé.

     Pero esto no disuade a nadie de nada.

     Ni siquiera a ti, que llevabas las caricias blancas para algún batiscafo soviético, que aun en la red pretendías sirenas.



     Bien reclamas la pureza, que da asco y que salva. Yo creo que ya la tienes. Te despierta por las noches y narcotiza al duende.



     No miento: La tumba del marinero (La Bella Varsovia, 2013), es un tranquilo apoyo de crueldades.

viernes, 27 de octubre de 2017

EL INSTANTE DE PELIGRO




     Todavía reverbera en la habitación la experiencia literaria recién sepultada (cerrar un libro es una leve acción). 
     Creo haber disfrutado del paisaje norteamericano que allí se recoge, el préstamo de identidad que una buena historia entraña, la renuncia al yo, convertido en tú/ellas/perspectivas. Esto no sé bien a quién se lo digo. ¿A su autor? ¿A la sustitución de mí mismo que tomó cuerpo en lo que ha durado la lectura?
     Ha sido una lectura rápida, dos días, con sus visitas al baño y el enmascaramiento que me ha acompañado a cuantos sitios he acudido; el traje de El instante de peligro puesto. El traje de Miguel Ángel Hernández, de Martín Torres (cuyo nombre de pila y eufonía, con el apellido, me está queriendo decir algo; sí, Martín Parra, descreído, exento, te está queriendo decir algo).

     Nos encontramos ante una novela en que la percepción del tiempo, su magnitud trágica y absoluta, relega de protagonismo a cualquier otro posible leitmotiv asomado (el sexo, las culpas que perduran, el embargo personal). Es un tiempo que dicta la fórmula (todo dictado es una tiranía), sustraído así de verse en operatividad y ceder grandilocuencia, pues toda la exhibe él. Un tiempo trágico de tutela y espectro amplio, un manadero de respuestas; el tiempo como remate de un túmulo funerario inmenso (dentro, la vida).
     Una lectura amena, sin exceso culturalista (si bien da nociones muy útiles, mirando al ensayo, de la imaginería artística del autor; a alguien puede llevarlo a nuevas búsquedas: Walter Benjamin, Warhol, Mac Low, las neovanguardias), que uno aborda desde el inicio metido en desconciertos. La trama, relacionada con lo menos reconocido o amable del arte (fronteriza, casi desvalida, lo mismo en los motivos que obligan a emprender viaje al protagonista como en el objeto de estudio -unas viejas películas y fotografías de regusto poeriano- o en la idea de sexualidad y las prácticas que se recogen), adquiere tintes de buen misterio, sonidos negros, que mantiene la tensión del que lee. Todo parece apuntar a una resolución activa y sudada del problema que se plantea, santos griales y demás bisagras medianas, pero no es así. La historia no llega a desbordar el realismo nostálgico que se arregla ya en la primera página, y eso es de agradecer. La suspensión vital de Martín, el cual es presentado en fase de deconstrucción, muy alejado del yo narrativo cauterizado, viril, también ayuda.
     
     En definitiva, una obra conceptual (aunque el objeto de concepto sea solo uno, manoseado y aclarado en la reiteración, en las citas y referencias a terceros, en la emoción de vincular autor y protagonista) no exenta de poesías, al menos, ya digo, en cuanto al dominio que plantea el tiempo trágico, aflictivo, y su puesta en común entre los personajes. Una obra que consolida a Miguel Ángel Hernández como una de las voces preclaras del panorama.