lunes, 30 de octubre de 2017

ATIENDE, ATIÉNDEME, LUNA MIGUEL





     La mañana es perversa con su luz.

     Los vidrios siempre aumentarán distopías.

     O peor. Nos darán conveniencia convexa al despiste de cuchillo.

     Sí. Hablo del vidrio al través del cual he leído este libro, que alguien que conozco manufactura en una empresa de cerca de París; el sólito recordatorio de mañana anómala, de almuerzo ebrio y vuelto a envasar: “Nosotros trabajamos cristales de curvatura compleja. Hemos adosado toda una escalera en uno de los pabellones del Louvre”.



     Los cristales son felices en cualquier tiranía, Luna. Es una secuela natural de su común dominio. Le dan a una crónica una idea de profundidad.

     A una lectura sincera, miopías.

     A nuestro smartphone acomodo y excusa para trabarnos los dedos.

     ¿Qué crónica voy a escribir sin la imagen de fondo de mar que el vidrio protector de esta vida líquida me ha dado de tu libro?

     Porque ya nos hemos enfrascado de todas las maneras posibles. “El tiburón cúbico, ¿sabes de qué hablo?, bebe en su caja acristalada una spremuta de naranja, coral y muerte”.

     Es un cubo en el que cabe también un marinero, Luna. Cabe remeterlo de dolor y cicatrices, “al fondo lo que quieras, con que lo cubras”, porque su transparencia es certeza de juego sucio: mirarlo desde abajo es ya un anticipo de desnudez.



     La desnudez desnuda, que tú dices; que cuaja natas a la aspereza de tus anclas.



     Tu mar aquí no sólo se relaciona con tumbas de marineros. Se trata también de tu epitafio y de sus ojos, de los de todos, de un par de ojos hilados a una blusa hilada a un cuerpo vomitado de cetáceos.

     Cada cual su ballena y su bandera pirata, atiéndeme. ¿Sabes qué es el garum? Ya en la Antigua Roma, tal vez antes los fenicios: qué salsa, fermentada de vísceras de pescado.

     Sumamos garum a una gracia repentina. ¿Qué nos hace reír? Tú dices que la sangre no duele en el cuerpo, ¿por qué sí fuera de él?

     Fuera fermenta de culpas un interior cálido.

     Como aquel sabor salado.

     El garum.

     Sería un éxito si lo vendieran en la sección gastronómica de una cadena sueca de acicalamiento casero. Al “sangre de poeta” de la etiqueta sería muy fácil añadirle excusas de arenque, crueldad de orégano y cúrcuma, promesas de bronce niquelado. No sé.

     Pero esto no disuade a nadie de nada.

     Ni siquiera a ti, que llevabas las caricias blancas para algún batiscafo soviético, que aun en la red pretendías sirenas.



     Bien reclamas la pureza, que da asco y que salva. Yo creo que ya la tienes. Te despierta por las noches y narcotiza al duende.



     No miento: La tumba del marinero (La Bella Varsovia, 2013), es un tranquilo apoyo de crueldades.

viernes, 27 de octubre de 2017

EL INSTANTE DE PELIGRO




     Todavía reverbera en la habitación la experiencia literaria recién sepultada (cerrar un libro es una leve acción). 
     Creo haber disfrutado del paisaje norteamericano que allí se recoge, el préstamo de identidad que una buena historia entraña, la renuncia al yo, convertido en tú/ellas/perspectivas. Esto no sé bien a quién se lo digo. ¿A su autor? ¿A la sustitución de mí mismo que tomó cuerpo en lo que ha durado la lectura?
     Ha sido una lectura rápida, dos días, con sus visitas al baño y el enmascaramiento que me ha acompañado a cuantos sitios he acudido; el traje de El instante de peligro puesto. El traje de Miguel Ángel Hernández, de Martín Torres (cuyo nombre de pila y eufonía, con el apellido, me está queriendo decir algo; sí, Martín Parra, descreído, exento, te está queriendo decir algo).

     Nos encontramos ante una novela en que la percepción del tiempo, su magnitud trágica y absoluta, relega de protagonismo a cualquier otro posible leitmotiv asomado (el sexo, las culpas que perduran, el embargo personal). Es un tiempo que dicta la fórmula (todo dictado es una tiranía), sustraído así de verse en operatividad y ceder grandilocuencia, pues toda la exhibe él. Un tiempo trágico de tutela y espectro amplio, un manadero de respuestas; el tiempo como remate de un túmulo funerario inmenso (dentro, la vida).
     Una lectura amena, sin exceso culturalista (si bien da nociones muy útiles, mirando al ensayo, de la imaginería artística del autor; a alguien puede llevarlo a nuevas búsquedas: Walter Benjamin, Warhol, Mac Low, las neovanguardias), que uno aborda desde el inicio metido en desconciertos. La trama, relacionada con lo menos reconocido o amable del arte (fronteriza, casi desvalida, lo mismo en los motivos que obligan a emprender viaje al protagonista como en el objeto de estudio -unas viejas películas y fotografías de regusto poeriano- o en la idea de sexualidad y las prácticas que se recogen), adquiere tintes de buen misterio, sonidos negros, que mantiene la tensión del que lee. Todo parece apuntar a una resolución activa y sudada del problema que se plantea, santos griales y demás bisagras medianas, pero no es así. La historia no llega a desbordar el realismo nostálgico que se arregla ya en la primera página, y eso es de agradecer. La suspensión vital de Martín, el cual es presentado en fase de deconstrucción, muy alejado del yo narrativo cauterizado, viril, también ayuda.
     
     En definitiva, una obra conceptual (aunque el objeto de concepto sea solo uno, manoseado y aclarado en la reiteración, en las citas y referencias a terceros, en la emoción de vincular autor y protagonista) no exenta de poesías, al menos, ya digo, en cuanto al dominio que plantea el tiempo trágico, aflictivo, y su puesta en común entre los personajes. Una obra que consolida a Miguel Ángel Hernández como una de las voces preclaras del panorama.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

TRES POEMAS DISNEYFICANTES

      


     Manuel Lacarta es una reverberación que desborda la querencia "sonora" de esta acepción. 
     Es una reverberación, digo, porque en él permanece un claro recreo de vida, resabios y juventud, pese a que la fuente original ha dejado de emitirlos. A golpe de vista lo intuimos en vagos proyectos, remembranzas de Café Gijón y rastreo de lociones femeniles. Decimos, a golpe de vista, que asistimos a un atardecer, crepúsculo, ocaso (¿físico?).
     No hay lugar.

     Recreo de una poesía abierta, accesible y colmada de vida. Casi los primeros interrogantes de un muchacho animado en el mundo y sus contradicciones, a las que se opone él, insisto, sumado a un eco de inestimable interés (¿cómo dejar de evocar el episodio tardofranquista (y reminiscencias) de nuestra literatura? Yo, que me he adjudicado parte de su anecdotario, soy incapaz). 

     Entrerríos de Generación.

     Es así, en apogeo de ésta: su prosa poética (lejos, sin embargo, del descaro ácrata de aquellos Reducto o 34 posiciones para amar a bambi tan celebrados), que nos llega La soledad de Mickey Mouse (Lastura, 2017), transido de petulancias, hipérboles y otros lazos dorados. En él, encontramos introspección de pasos cotidianos, ademanes de cierre (de una vida, de una obra, no lo sé), una prosa desenvuelta y de trazo experto. Encontramos a un Lacarta vívido, elocuente, verídico en su desengaño, no obstante exponga estas claves desde la melancolía optimista del que no alberga rencor.

     Y así:

Ahí estaba Mickey Mouse en blanco y negro
como Charles Lindbergh queriendo volar
en avión en un viaje sin escalas, cruzar el mar
a la otra parte del océano. Mickey Mouse
construyendo un aeroplano en una granja
de animales, soñando ser un héroe, viéndose
el flequillo en un espejo, un espejito de mano
de una sola faz. Sin ser una gaviota, una paloma,
tampoco un águila; sino el primer ratón
del muno en la carlinga de un extraño aparato
con hélice y con dos alas. Nadie creería que iba
entre las vacas y algún pavo, destinado sin duda
a Acción de Gracias; a elevarse dos palmos
sobre el suelo ni que Minnie, la eterna Minnie,
le acompañaba en su loca y fallida aventura.
Ahí estaba Mickey Mouse con larga cola de ratón,
orejas grandes, ojos sin pestañas y pantalones
cortos, a quien en sus orígenes llamaron Mortimer;
tan ocupado, tan atareado, deseoso de ser Lindy,
cruzar en línea recta por el cielo desde la ciudad
de Nueva York a París, la capital de Francia.
Era tal su pasión, tanta su alegría, su goce
tan grande ya en el cielo, que se hizo claro es
acreedor a un beso robado a los labios de Minnie.
Es mentira que Mickey Mouse haya estado solo
alguna vez en su vida de ratón y que su novia, 
Minnie Mouse, le diera aquella ingenua bofetada.

     O así:

Unas medias pueden ser un fetiche, y un lazo
rosa, unas pulseras, el prendedor de nácar
o de goma eva del pelo. Lo que importa es
que alguien te recuerde en la vida por algo
próximo, tararee tu canción, guarde un objeto
que estuvo en contacto íntimo contigo, tu cuerpo.
Cartas de amor que escribiste, una carpeta
con fotos pegadas en las guardas, tu colección
de discos de Elvis Aaron Presley, incluso
un mar de lágrimas en un tisú, un clínex. Sirve
a veces cualquier cosa para decir mucho
más que las miradas de reojo y el rubor
de las mejillas color miel, zanahoria, rojo
amarillento de la carne del melocotón.
Mi padre custodiaba un mechón de pelo blanco
de la abuela Iluminada en una caja de cerillas,
mi amigo Fernando guarda los azucarillos
del café con leche de las cafeterías, los bares;
y conocí a un tipo que tenía todos los zapatos
que calzó su esposa desde que era niña
como de siete años. Las reliquias de los santos
y la colección de cromos de la infancia adquieren
con frecuencia similar significado. Un perfume
nos trae fantasmas, la risa de la mujer rubia
y ojos verdes que se enamoró de mí una tarde
en un pub irlandés mientras que yo tocaba el piano.

     Y también:

Necesito silencio para ver este paisaje,
bostezar, estirar los brazos. Observarme
en el espejo requiere de algún sosiego, 
infinita paz, toda la posible tranquilidad
del mundo. No pido más, sino silencio;
sólo en rededor de mí no escuchar voces
mordiéndome, arañando el espacio
que me circuye. Descorro las cortinas,
piso la lana de una alfombra de nudos,
me acuclillo en el suelo, y contengo
la respiración, voy contando en voz baja:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Por favor,
que durante un minuto nadie diga nada.
Necesito silencio para ver este paisaje.

Silencio al que sumarnos, Manuel, en consumando ritual secreto de tus páginas.







domingo, 23 de julio de 2017

VERDAD EN UN ESPEJO


    

      DE una sentada las apariencias, una tarde nublada y recuerdos imposibles: tragarlos.
      Significa mucho el espejo: retiene la idea de que "volverse Lorca" es para ti un código, un recurso expresivo de cuando toca desollarse y de la carne colgar lacitos. Te averiguas, encoges un hombro.

      Bien mirado, significa todo: la brujería del salario, metalurgias de carne y followers. Sentar unas bases como de ciudad en movimiento, y que a la petición de coquetería enseguida respuesta, eslabones de sexo.

Maneja el espejo, así, miniaturas de espalda doblada, amanecer inclemente y modelo primitivo: hemos acordado unos mínimos, fuera de los cuales no se tolera un paso.

Y a algunos todavía se les oye, descansando de moras: “¿qué tal me queda la braga?”.

jueves, 18 de mayo de 2017

UN POEMA COMO HÉLICES O CUCHILLA




El insomnio es un transatlántico, una compañía naviera mi corazón, el Queen Mary garante de muerte:

El galop joven de estas piernas, apenas cercioradas del camino, 
de cuán largo era. El galop de boca ancha que es hoy 
un tropiezo tras del anterior, débil de colmillos. 

En qué punto entró en reserva, bebió de las zarzas. 
Ha bajado de intensidad hasta el refugio de las puntillas, y así asomamos cada esquina, 
oliendo a coliflor y retrete, la ciudad desportillada. 


Ya no hay que decir de lo rápido que me veía pasar; lo más discreto sería otro silencio. Desembarcar los oros. 
Tenía combustible de merienda y vagina, un frío de hielos ebrios, lo creía inagotable. Ahora escucho tronar de alarmas, si alguien se acerca, hombre, secuaz; si te acercas. 
Hazte a un lado, habría dicho, me parece. Hoy me parece que cielo e infierno es el peor argumento de la historia. Lo opuesto y sus explicaciones; hacemos juramento sobre una biblia de neón, 
<<cuelguen sus abrigos>>. 


Conque silencio, y me conduzco, de puntillas, a la resignación, dejando que me roces en el hombro.