jueves, 18 de mayo de 2017

UN POEMA COMO HÉLICES O CUCHILLA




El insomnio es un transatlántico, una compañía naviera mi corazón, el Queen Mary garante de muerte:

El galop joven de estas piernas, apenas cercioradas del camino, 
de cuán largo era. El galop de boca ancha que es hoy 
un tropiezo tras del anterior, débil de colmillos. 

En qué punto entró en reserva, bebió de las zarzas. 
Ha bajado de intensidad hasta el refugio de las puntillas, y así asomamos cada esquina, 
oliendo a coliflor y retrete, la ciudad desportillada. 

Ya no hay que decir de lo rápido que me veía pasar; lo más discreto sería otro silencio. Desembarcar los oros. 
Tenía combustible de merienda y vagina, un frío de hielos ebrios, lo creía inagotable. Ahora escucho tronar de alarmas, si alguien se acerca, hombre, secuaz; si te acercas. 
Hazte a un lado, habría dicho, me parece. Hoy me parece que cielo e infierno es el peor argumento de la historia. Lo opuesto y sus explicaciones; hacemos juramento sobre una biblia de neón, 
<<cuelguen sus abrigos>>. 

Conque silencio, y me conduzco, de puntillas, a la resignación, dejándote que me roces en el hombro.

miércoles, 5 de abril de 2017

CASTRA-CASTRO Y EL DANDISMO



          


            Quitémosle hierro.

          Bulwer-Lytton escribió: <<Las invenciones en el vestir deberían asemejarse a la definición de Adison sobre la buena escritura, que consiste en “los refinamientos que son naturales sin ser obvios”>>.
          Esto todos lo entendemos, E. C., sostengo. Sin embargo la progresión, levedad, que Bulwer-Lytton le exige a una evolución del ropaje lógica, estás dejando tú de sostenerla, con aquel artículo hiperbólico (si introduces la cita es porque le das plácet), que tan buena gayola de sobremesa me ha procurado en este abril de aguardiente. Conque gracias.
 
          Por un lado.


          Por otro, y como yo soy muy vanidoso y a todo le busco el lucro social media, a ver si consigo situar en el mapa retórico una defensa (barata y de plataforma, como lo que escribo) de la posición escéptica, y tomando como reactivo el comentario que te dejé en feisbuc (insisto en la alusión): el dandismo no es sólo el atuendo, también los principios para construirlo.

          Es interesante aquello de que los términos de comparación pueden perder su referencia. Suscribirlo como tragedia, sin embargo, es tan ocioso como suponer, por un lado, que hoy se barniza el término (“dandi”) con idénticas connotaciones a como se hacía en el XIX, y, por otro, que el hambre carece de legitimidad dandesca. Un par de zapatos buenos (el Wallapop es un igualador social; ¿no favorece el contemporizar?) no se le niegan a nadie ya. Con tal de que se vendan/usen, puedes meter dentro a un chorizo de Serrano o a un anarcoseñorito de periferia. Y como a quienes practican de fe o tiranía (autolutismo) el gesto, se les presume, además, un acierto (si no se quedaría en mero bufón, y del bufonismo no hablamos aquí), la fórmula resulta desbaratar las premisas aniciales: no sólo se pierde la referencia estamental del asunto, sino que se ensancha el espectro. Y esto es síntoma de ciertas liberaciones laterales.


          Los jóvenes han/hemos dejado de manifestar por medio de la vestimenta nuestra inquina hacia el orden constituido. El filisteo-pequeñoburgués asimila unas formas, que son además las formas que cultivan los horteras, y que son formas dandis. El dandismo ha dejado de ser una gema que brilla para ojos hambrientos.

          Y la definición antitética de Adolfo de Castro del cursi: <<Persona que quiere ser elegante sin tener las condiciones para ello, bien por faltarle medios pecuniarios, bien por carecer de gusto>> (o sea, cualquiera que quiera ser elegante y no lo consiga), palpita sobre la aliteración con la que Guillén se despachaba contra Umbral: “no se puede jugar y juzgar”.

          El paradigma-Villena, creo, no es representativo, por razones dóricas.

          Lluéveme un peu.


martes, 28 de marzo de 2017

EL LLANTO DE LA GUITARRA / FICCIÓN





      Era principios de mayo como no podía haber sido otra fecha. En lugar del trino urbano de los harapientos, recibía sonidos robustos, mecánicos, de las grúas y los empleados en aquella obra, tan hambrienta de espacios, tan reglada. Resultaba coincidente con la idea de pautar mi presente de entonces, desplegarse conforme a unos objetivos, unas maneras y todo eso, desde el balcón de falda enceldada de mi pensión casi céntrica.

            Cosa de hacer asequible el resbalón del último año −para nada un año en blanco−, pues que a mi más recientes vivencias correspondía un orden. Urgente y cabal.

            A las primeras atrevidas colocaba mayo su pie en la puerta, suspendido de media y falda frescas, y asomaba cada rostro un trasunto de orgullo castizo por lo bien paseado que se tenían los jardines, las plazas, las terrazas. Nadie que no tuviera una construcción pegada a la ventana encontraría motivo para la aflicción, por cualquier calle de la ciudad por la que moviera el culo.

            Sin embargo cada día era un día de tenaza, en mi −por entonces− habitación famélica de atenciones, transida de olor femenil y de grave emoción del tiempo. Desde allí, solía decir, <<tengo colmada la sed, limpios los dientes y olvidada mi cara>>, <<esta habitación: lugar certero en el mundo y nómina de tantos amigos, conocidos, paseantes beodos>>, lo cual equivalía a decir que por aquellos tiempos salía muy poco, y que las visitas eran numerosas, y no menos ruidosas/reactivas.

            Es con lo que se encuentra uno de regreso de una derrota. O con lo que me encontraba yo, al menos, luego de haberme escondido de mí mismo durante varios meses (no exentos de fluidez, creación), a causa de aquella mujer, que pasaba por serlo todo, nada, dependiendo del día.

            Pero no otorguemos méritos narrativos a quien no los merece, en este caso. Aquí no se vierte una historia de amor. Aquí empieza el llanto / de la guitarra / se rompen las copas / de la madrugada.

            Las copas vistas en geométrico, dándonos su media redondez como una bolsa de tiempo, un hallazgo petrolífero a explotar de minutos, segundos; la sensación cotidiana de embargo, a la que indignos anocheceres colmaban de frivolidad, por entonces, causando baja de toda razón −que la había−.

            Qué menor razón que la que se tambalea en las cosas más básicas, en las que uno pone su acuerdo de mínimos social y lo va cumpliendo hasta con destreza, pero que era una cosa que a mí se me adeudaba, algo sobre lo que no podía actuar con garantías; conservar un empleo, ahondar en reglamentos.

            Jugando al enrarecimiento, ponía en valor la mitad oscura de la vida. Tan abonada de razones.